Tomás había trabajado durante más de tres años en una tienda de abarrotes del barrio, un lugar donde se sentía cómodo y valorado por su actitud amigable y servicial con los clientes. Sin embargo, su jefe, el señor Ramírez, tenía una visión completamente diferente, enfocada únicamente en maximizar las ganancias y en la eficiencia operativa. Para Ramírez, Tomás era solo otro empleado que debía seguir las reglas estrictas.

Un día, mientras Tomás trabajaba, un cliente con muletas entró en la tienda. El hombre, que había perdido una pierna en una misión militar, se encontraba luchando por manejar su carrito de compras. Tomás, movido por la compasión, lo ayudó a cargar sus productos y lo acompañó al estacionamiento. Sin embargo, cuando regresó a la tienda, se encontró con la desaprobación de su jefe, quien lo despidió por no seguir las normas y por “perder el tiempo”. A pesar de las protestas de los clientes que apoyaron su actitud amable, Tomás fue despedido sin más explicaciones.
Preocupado por su futuro, Tomás regresó a casa, consciente de que debía encontrar otro empleo para poder cuidar de su madre. Al día siguiente, mientras esperaba el autobús, el hombre al que había ayudado apareció y le ofreció un aventón. Durante el trayecto, el hombre le preguntó a Tomás sobre sus habilidades, y tras una conversación sobre videojuegos, le ofreció una oportunidad laboral en su empresa de desarrollo de videojuegos. Tomás, sorprendido por la oferta, aceptó sin dudarlo.
Lo que parecía un día lleno de incertidumbre para Tomás terminó convirtiéndose en una oportunidad que nunca había imaginado. Gracias a su actitud servicial y su disposición para ayudar a los demás, encontró una nueva dirección en su vida, demostrando que la bondad puede abrir puertas inesperadas.